Preparativos

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Preparar un viaje es vivir con antelación y bajo la especie de la ausencia los placeres que imaginamos nos deparará el viaje. Al volver a leer, o leer por primera vez, el itinerario, al leer las cartas de los restaurantes donde intentaremos comer, al saber de los lugares que visitaremos: algunas casas, palacios, museos, calles por las que pasearemos, en el fondo solo queremos vivir con antelación aquello que luego reviviremos, o recordaremos haber vivido.

Vivir en la antelación de un viaje es, nos dicen, muy común, es renegar de la espera, de la  vida diferida y querer todo ahora; es también, por suerte, una vida en la reflexión, porque el recuerdo de los placentero siempre es reflexivo, y porque planear ahora implica reflexionar y escoger las visitas, los lugares, los recorridos, los tiempos.

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Paisaje de infancia

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Todo paisaje con nieve es un paisaje de la infancia, de esos años en que madrugabas para ir al colegio y tenías que esperar en la puerta porque aún no habían abierto. En la ciudad provinciana silenciosa y huidiza, la nieve cubría las aceras y la calzada, No era la nieve que te cubre con un manto de olvido que había descubierto T.S Eliot en La tierra baldía. Era la de verdad, la fría, la que se hiela en las negras madrugadas silenciosas de barrenderos y borrachos que pululaban por El Barrio albarizo de algunos locales cuyos dueños se empeñaban en no cerrar.

La nieve es un recordatorio de la fugacidad de lo bello en esta vida. Carpe diem, pues apenas durará unas horas frente a tu casa. Entre el calentamiento de la Tierra y la avidez por la seguridad de los Ayuntamientos, la nieve dura menos que un instante en las aceras. Algunas calzadas están pavimentadas con un material especial que permite que la nieve se deshaga al instante. Cuando no es así, el servicio de limpieza la retira.

La nieve es como la rosa, frágil y mortal.Ahora que creemos que vamos a poder vivir hasta los ciento veinte años, quizás más incluso, la nieve nos recuerda lo perecedero hermoso de esta vida.

Cristales empañados

20180228_110.JPGHoy era un día para recorrer la ciudad en autobús, parapetado tras los cristales; mientras el autobús recorre las calles de la ciudad provinciana, observo el lento trajín de la gente, hoy un poco más alegre en algunos, también más lento por el miedo a las caídas, y más desganado en otros. quienes la sorpresa de la nieva — una sorpresa, por cierto, anunciada — parece no entrar en sus planes, o simplemente rompérselos.

Desde detrás del cristal la vida se ve borrosa. Es el tibio confort húmedo del autobús y la seguridad del frío metálico del exterior. Es también el vaho que se forma en los grandes ventanales del autobús.

Es un día nuevo, sorprendente, extraño para aquellos — pocos — que nunca han conocido la nieve. Es la sorpresa, aunque anunciada, que rompe la monotonía de la semana, y llena de luz un invierno duro y grisáceo.

Bicicletas

 

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La ciudad ha amanecido nevada. Todo comenzó ayer como un divertimento, parecía. Al final, como casi todas las cosas de la vida, fue en serio y una capa de nieve cubría esta mañana las calles de la ciudad provinciana. Las bicicletas esta mañana estaban en sus puestos. Nadie las había cogido, lo cual no es de extrañar. La ciudad, de unos años a esta parte, se ha ide llenando de bicicletas y de ciclistas, esforzadas personas que creen en la bondad de la vida ecológica y sana.  Van de una lado para otro en sus pequeños vehículos de dos ruedas, jugándose el tipo muchas veces, conscientes de que están realizando una labor, si no hercúlea, al menos renovadora.

El cine, en gran medida el cine francés, ha ayudado mucho a este cambio, que tampoco lo es tanto. No hay que ser muy agudo para darse cuenta de que las películas francesas donde los jóvenes, sobre todo ellas, van en bicicleta por París o por alguna ciudad de provincias, han hecho mucho para que la gente asuma que ha de pedalear por la ciudad. La ilusión de vernos como esos protagonistas de películas es tan grande, tan emocionante pedalear al lado de algunos de ellos, que asumimos las molestias y el cansancio. Vivir, una vez más, una juventud que no fue la nuestra, volver pero sin la cara marchita ni la cerviz inclinada allí de donde nunca quisimos marcharnos.

Las bicicletas no son solo para el verano; también las queremos para el otoño y el invierno de nuestra decadencia. Son lo que dejamos de ser: jóvenes. Hoy, con la nieve, nadie ha cogido una bicicleta para ir de una lado a otro de la ciudad.

Calle de provincias

Calle provinciana.jpgLa ciudad tiene calles desconocidas, pequeñas, calles a las que nadie presta atención porque pasa por ellas todos los días y ese frecuentamiento las despoja de toda épica. Hay la épica de las calles nocturnas, de las calles históricas, de las calles donde uno se enamoró pero no existe la épica de la calle cotidiana. Tampoco hay en ellas el morbo por lo oculto o lo prohibido.

Son calles despojadas de todo sentimiento elevado y que guardan solo un poso de melancolía para quienes, jubilados, ya no vuelven a caminar por ellas día tras día ni toma café en algunos de los varios bares que puntean sus aceras, bares a veces algo oscuros, de atmósfera cargada, de recuerdos de tabaco.

Son calles que nos acompañan mientras tenemos vida laboral; luego de la jubilación nadie regresa a recordar los tiempos de juventud y madurez. Calles así existen en todas las ciudades; son las calles de los que las habitan.

20180118_184.JPGLa ciudad es siempre la ciudad soñada, la de los escaparates y los paseantes anónimos. Es la ciudad vista desde la ventana de un autobús dejando atrás con parsimonia los edificios y las personas. A veces, una pareja, entrelazada, nos acompaña durante un rato, incluso nos adelanta cuando el autobús para delante de un semáforo.

Las luces huidizas y sombras pesadas se cuelan por los edificios, por los ventanales, los escaparates, las entradas de los garages. La vida en la ciudad es un reflejo continuo, fluido, bullicioso, a veces recoleto.

Presentación

Este es un cuaderno donde iré dejando mis comentarios sobre cualquier cosa que se me ocurra, un poco al modo de la cita que encabeza este cuaderno: un vago caminar sin dirección ni objeto. Así es la vida; así me gustaría que fuera mi escritura, sujeta a mis humores, a mis paseos, mis intereses.

Fue el flâneur figura capital del siglo XIX, sobre todo de la metrópolis que París era. Hoy, quizás, ese placer por el paseo por la gran urbe lo hemos perdido en cierta medida. Sin embargo, creo que es posible recuperarlo sin caer en un ejercicio de arqueología. Este cuaderno será eso: un paseo por las galerías de la vida al modo de Walter Benjamin. Así que sí que tendrá algo de arqueología.